Para alguien que pasó los veranos de su adolescencia en los 90 en la costa malagueña, como es mi caso, ‘moraga’ tiene connotaciones de momentos únicos, tan lejanos del idílico Verano azul como del ‘libertinaje’ francés de Pauline en la playa, pero con algo de ambos.
Cuando ese alguien edita -edito- durante meses noticias sobre un joven cocinero llamado Dani García que no para de recibir premios, presentar innovadoras creaciones gastronómicas en su restaurante de Marbella … y se entera de que existe en Málaga un local llamado ‘La Moraga’ donde degustar esa alta cocina en miniatura, lo primero que hace en una visita de paso a la ciudad es acudir al local del centro. Pero justo ese día estaba cerrado
.
Por eso, cuando días antes de viajar a Granada hace unas semanas me enteré por twitter de que existía allí una Moraga, supe que si la noche de mi llegada iba a disfrutar del concierto de Rufus Wainwrigt en los jardines de La Alhambra, al día siguiente lo haría de la cocina en miniatura del equipo de Dani García.
GRANADA. La Moraga de Granada está situada en pleno centro, en la calle Rector Morata, con acceso desde Escudo del Carmen.
Por las fotos que he visto del resto de los locales, todos siguen la misma linea de diseño: son espacios luminosos, con mobiliario blanco y toques decorativos dorados, con grandes vinilos con el logo en los cristales.
Un logo hipnótico que me recuerda a algunos de los collages-que-no-parecen-collages de Marx Ernst y que reflejan la filosofía de la cocina de Dani García: chef intelectual-investigador, con gafas y gorro de cocinero, escribiendo con pluma, rodeado de utensilios de cocina, dentro de un pez… Fascinante.
Nada más instalarnos, y pese a que el local estaba lleno, se acercó a nuestra mesa un atento camarero que nos preguntó si habíamos estado allí alguna vez -en una ciudad como Granada donde en la mayoría de los bares sirven tapa gratis con la bebida, es lógico que se explique el funcionamiento de un gastrobar, aunque allí también lo hagan con la primera consumición (en la foto, pulpo con patatas).
De entre todos los vinos por copas -Cortijo los Aguilares Lamoraga; Protos crianza; Cune crianza; Luis Cañas crianza; BO2 (Barranco Oscuro); Camins del Priorat (Alvaro Palacios).. elegimos un Finca Resalso (Emilio Moro).
Con las tapas tardamos más en decidirnos entre unas cincuenta opciones. Finalmente pedimos:
- rollitos vietnamitas de pringá, aliñado con una pipirrana y hierbabuena: una pecualiar combinación, apta solo para quienes gusten de sabores fuertes, porque la pringá tapa el sabor de la hierbabuena y demás aliños.
Tartar de salmón en una salsa de cítricos con sus huevas: simplemente espectacular. Quienes hayan leído algún post anterior de este blog sabrán de mi ‘condición de crudófila’, es decir, que me apasionan los tartares, ceviches, ahumados… Y este se posiciona en el top 10 de los probados últimamente.
Flamenquín de jamón ibérico y pimientos asados: El flamenquín de toda-la-vida, loncha de jamón envuelta dentro de filete de lomo rebozado en pan y frito, al que se le añade en La Moraga pimientos asados, que refuerzan la intensidad de la carne y el jamón pasado por la sartén sin restarle presencia, presentado en tres piezas.

Flamenquín de setas, hongos y queso: La mezcla de setas y queso anulan la carne, siendo el sabroso relleno del flamenquín, en mi opinión, una mezcla que bien podría ser un plato en sí mismo como contenido de un hojaldre o similar.
No nos resistimos a los postres: chocolate cocido en lata como un suflé con helado de vainilla una bomba de dulce sabor a la que nos olvidamos de hacer foto…
Mientras estábamos en la Moraga Pilar Martín Val me recomendó por twitter que visitara La Tana, una barra donde, en sus propias palabras, “querría quedarme a vivir”. Pero como tampoco nos queríamos ir de La Moraga, nos lo apuntamos para una próxima visita a la ciudad.




